Aguado, un halo de esperanza

Por Noelia Crespo

En estos tiempos que corre la tauromaquia actual, en los que difícilmente vemos toreros o novilleros que destaquen por tener sello propio y personalidad, un halo de esperanza clásica y añeja apareció por el coso del Baratillo cruzando el umbral de la del Príncipe hace tan solo un año para desdibujar los esquemas preestablecidos de la fiesta 2.0. De nombre Pablo y de apellidos Aguado Lucena, suena hasta torero decirlo. 

Ocurrió un Viernes de Farolillos, un 10 de mayo para ser exactos en plena Feria de Abril sevillana. Como un sueño de primavera, como si de otra época viniese. Era la tarde de la feria con un nuevo “no hay billetes” colgado en las ventanillas del coso maestrante. Vestido de nazareno y oro pisó seguramente el albero pensando que con las dos figuras que tenía a ambos lados del paseíllo, sería quizás el tapado, el menos esperado del festejo. Sin embargo, al joven sevillano le salió todo a pedir de boca como seguramente muchas veces habría imaginado entrenando, toreando de salón para sí mismo. “Cafetero”  y “Oceánico”, ambos de Jandilla, ambos de capa negra fueron los toros que le permitieron firmar unas obras elegantes, emocionantes, llenas de torería y clasicismo. Esas que devuelven la fe en un concepto que solo son capaces de plasmar aquellos escogidos, esos que parecen tocados por una varita mágica. Fue una oda al temple, a la suavidad dibujada en caricias sutiles meciendo los vuelos del capote y la franela. Dos faenas al ralentí basadas en ese toreo eterno tan vibrante y añorado en tiempos de vulgaridad. Esa tarde Pablo demostró que con apenas veinte muletazos por derecho y al natural se puede poner a todo el mundo de acuerdo, sin excesos ni alardes, con lo fundamental y el sentido de la medida, algo que muchas veces echamos en falta. 

Ese día ya fuera por orgullo, rivalidad o amor propio, vimos arrebatado, como hacía tiempo que no veíamos al diestro de La Puebla. Pablo espoleó a Morante, quien de rodillas y con un galleo del Bú demostró que no quería quedarse atrás en una tarde donde un torero de similares gustos y capacidades le había quitado el protagonismo en su Maestranza. Quizás fue en ese momento cuando vio que su cetro y trono de torero de Sevilla, se lo estaba arrebatando un joven que venía pisando fuerte. ¡Sevilla tiene torero! Fue el grito extasiado de muchos aficionados, esos que no paraban de comentar esa tarde inolvidable que todavía les tenía ensimismados, preguntándose que acaban de presenciar, sin llegar a creérselo y dando infinitas gracias al hombre que lo había permitido.  Y es que fue una tarde en la que a Pablo en ningún momento le tembló el pulso. Sabía que era ahora o nunca, y en las apuestas hay que recordar que quien no arriesga, no gana. 

¿Quién nos diría que un día como hoy recordaríamos esta antológica tarde en la situación que vivimos? Hace apenas un año, un hombre cruzaba feliz y resplandeciente entre una multitud enloquecida y apabullante la bella Puerta del Príncipe con cuatro orejas en su esportón. Tirones, empujones, todos querían tocar y llevarse algo del torero que les había devuelto la afición y les había permitido soñar. Y es que, qué feliz puede volverse uno y como te puede cambiar la vida en tan solo veinte minutos. Y sino, que se lo pregunten a Pablo Aguado. 

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