Dicen que no valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos. No sé quién sería la primera persona en pronunciar esas palabras tan rotundas y sinceras, pero tenía razón.

Hoy hace dos años que nos dejaste en la plaza de toros de Aire Sur L’ Adour y no quería dejar la ocasión de dedicar unas líneas a tu memoria. Dos años hace de aquel día en el que el torero se convirtió en mito, dignificando una profesión que baila con la muerte para aferrarse a la vida. Pese a no tenerlo fácil en tu carrera, mantuviste tu independencia con el sistema y la fidelidad a ti mismo. También a los que te rodeaban.

Quizás nunca te imaginaste que aquel rincón que tantas veces ocupaste antes de cada paseíllo en la plaza de Madrid, procesara hoy tal respeto entre todos los que pasan por delante. Incluso ahora, aquellos que no te tuvieron por igual, han podido sentir como el león jamás ha dejado de rugir.

En este pequeño homenaje, no quiero olvidarme de lo que marcó un antes y un después en tu carrera. Madrid es testigo de cómo un hombre fue capaz de encerrarse con seis toros de diferentes ganaderías y plantarles cara en una tarde sin la repercusión que debió tener. Fíjate como fue aquello, que por nuestra cabeza de aficionado, aún hoy sigue sin aparecer ningún nombre que pueda acercarse a la magnitud de aquella apuesta. La apuesta de un torero y su legado a la tauromaquia. Va por ti maestro.

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