entre lineas

Por Adrián Blázquez

Amanecía el Domingo de Resurrección con el cielo de Madrid teñido de gris y cargado de nubes. La temperatura no acompañaba pero sin embargo, los ingredientes que componían el cartel para la corrida venteña hacían esperar una gran tarde. Una joven terna con ganas de reafirmarse en los detalles dejados durante la pasada temporada y el inicio de la presente.  Toros de El Torero, con una línea ascendente durante los últimos años,  para completar la segunda corrida de la temporada. 

El factor climatológico pasó factura en la taquilla y los tendidos se llenaron con unos ocho mil aficionados. Cualquier excusa es suficiente para que el público desaparezca y no acuda a la plaza. Estábamos en familia. 

Lo que ocurrió con la terna y los toros ya es conocido por todos, por lo en que está pseudo-crónica me centrare en el palco. Debutaba como presidente el Comisario Victor Oliver, que quiso ser protagonista desde la salida del primer toro. Un toro con 680 kilos, al que le faltaba fuerza y calidad. “Demasiado peso” es lo que pensábamos todos al ver su morfología, con una abundante badana y pasado de kilos visiblemente. Primeros compases de la faena y primeras caídas. Tibias protestas y a seguir con la lidia, sin pena ni gloria para David Galván. Sin toro no hay nada, debió pensar el diestro.

Quiso la mala suerte cebarse con Galván, puesto que su segundo toro no tendría mejor condición. Manos blandas del astado en el recibo capotero y más caídas en el caballo. La respuesta de la plaza fue unánime y con ello, la primera gran bronca de la temporada al palco. Misma tónica durante un segundo tercio sin ningún orden, con un toro inválido que luchaba por mantenerse en pie. Palmas de tango, pitos y pañuelos verdes en los tendidos que de nada sirvieron para que la presidencia sacara el suyo. Un atraco que se consumó con el cambio de tercio. Faena sin sentido y fin del cuarto acto.

Salía Juan Ortega para recibir al quinto de la tarde tras haber dejado un ramillete de verónicas de inmejorable ejecución para poner en suerte a su primero. Los tendidos esperaban la culminación de ese oasis que podría salvar la tarde. Con el ambiente al rojo vivo y aún palpable la estafa perpetrada con el anterior astado, las protestas no se hicieron esperar tras la primera caída. Esta vez si tuvo a bien el palco sacar el pañuelo que indicaba la devolución a corrales del toro titular. No tenía peor condición que el anterior, pero ya era imposible aguantar la presión de los aficionados que se concentraban en la plaza. 

Con una temporada que aún está dando sus primeros pasos, ya se ha ratificado lo que viene ocurriendo en los últimos años. El aficionado sigue viendo, sin poder hacer nada, como una año más se confirma la falta de conocimiento y la omisión de funciones por parte de una autoridad incompetente que, no olvidemos, está al servicio de la fiesta y en su deber está la correcta aplicación del reglamente. Desde estas líneas, quiero denunciar la preocupante situación y la incompetencia del personal que ocupa el palco presidencial, tanto del propio presidente como de los asesores y veterinarios. 

La primera plaza del mundo no puede permitirse que se lidien toros de dudosa condición sin consecuencias. Que no se le olvide a nadie: si cae el toro, cae la fiesta

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