El triunfalismo como principio del fin

Por Noelia Crespo

La decadencia mostrada en estos primeros compases de la temporada en las dos principales plazas de nuestro país es realmente lamentable. Triunfos tras triunfos como método para solucionar algo irremediable como es conseguir devolverle al toreo su máxima grandeza. ¿Realmente se arregla la tauromaquia con el triunfalismo? Tristemente, hay muchos profesionales y público (que no aficionados) con esa idea. Honestamente, están tan equivocados que lo peor de todo es que no son conscientes de que esto solo supone el principio del fin de una irreconocible fiesta de los toros.

A día de hoy han conseguido normalizar lo que antes se entendía como algo supremo o excepcional, y es por ello que todo pierde interés e importancia. Ni todas las buenas faenas son de dos orejas, ni todos los toros que embisten con clase son de indulto. Quieren hacer de todo lo realizado algo extraordinario en todos los sentidos sin tener en cuenta ciertos aspectos o detalles que rebajan el nivel y la seriedad en las plazas de máxima categoría. El regalo se ha convertido en costumbre, llevando a la deriva a los ruedos en los que se presupone que se debe fijar el listón más alto de exigencia. Lo peor de todo es que encima, para todos aquellos considerados como salvadores de la tauromaquia, si cuestionas o eres contrario a formar parte de este bochorno es que eres un talibán o mal aficionado. Allá cada uno, cuando el día de mañana nada en el toreo, tal y como lo conocíamos, sea igual, vendrán las lamentaciones.

Madrid y Sevilla, como ejes de la tauromaquia, parecen sumidas en una época tortuosa. ¿Seremos capaces de recuperarlas? Dios lo quiera.