“Filosofía de las corridas de toros”, una mirada profunda sobre la esencia de la tauromaquia

Por Javier Espada

El filósofo francés Francis Wolff aborda una profunda reflexión sobre la esencia de la tauromaquia con una de las obras de cabecera para muchos aficionados, “Filosofía de las corridas de toros”, publicada en el año 2007. Su lectura no sólo sirve para dotar al lector de una argumentación sólida para defender la fiesta, sino también para entender su naturaleza desde un gran número de perspectivas con las que Wolff consigue que “Filosofía de las corridas de toros” se convierta en una obra indispensable en nuestras bibliotecas taurinas personales.

Para tratar la ética de las corridas de toros, Francis Wolff recurre a las relaciones de los seres humanos con las especies animales, y con los toros en particular. Según el filósofo francés, no podemos tratar a todos los animales del mismo modo, pues nuestra actitud dependerá de la relación que se haya establecido con esa especie. Por ejemplo, no podemos tratar a los perros igual que a las garrapatas. De esto se deduce que los seres humanos tienen el deber de respetar a los animales en función de la relación que hayan establecido con ellos, pero este trato siempre estará subordinado al respeto por el hombre. Es decir, “hay que respetar a los animales, o al menos a algunos de ellos, pero no en igualdad con el hombre” expresa Francis Wolff, pues “esa desigualdad en el trato es justa en la moral”. Si en una corrida de toros, las posibilidades y habilidades entre toro y torero fuesen iguales, la tauromaquia nos recordaría a los juegos de los circos romanos y sería un espectáculo bárbaro. Al igual que la tauromaquia sería barbarie si el toro fuera abatido sin posibilidad de utilizar sus armas, pero en una corrida de toros el astado es “combatido” y “muere porque un hombre triunfa sobre él”.

Wolff también se pregunta sobre la muerte del toro en la plaza en el capítulo segundo de su libro: ¿Por qué muere el toro? Para intentar dar una respuesta, recurre a la tesis del sacrificio ya que en los toros todo es rito, pero la idea del combate entre toro y torero derriba esta explicación, pues el toro no es una simple víctima, sino que combate hasta el final. La otra posible tesis de la muerte del toro es la que Wolff define como “agonística”, por la que el torero no es un sacrificador, sino un gladiador, que se glorifica al matar al toro. De ahí, “que una gran faena mal concluida sea un sueño inacabado”.

La primera explicación concibe al toro como un ser pasivo, una víctima, mientras que la segunda interpretación parte de la base de considerar al toro un ser activo, combativo y resistente. Y para ambas, la muerte es necesaria, es inherente al espectáculo. Es aquí cuando Francis Wolff aporta una matización de gran actualidad para la fiesta como es el aumento de los indultos y su efecto en los públicos, ya que los aficionados tienden a creer a veces que el toro tiene “un derecho a la supervivencia” con el indulto, y ese no es exactamente el propósito del indulto.

Sobre la figura del torero, Francis Wolff establece la necesidad de serlo y a la vez parecerlo y enuncia los diez mandamientos del torero, que son los siguiente: “serás torero y por tanto actuarás ante todo siempre y absolutamente conforme a tu oficio”, “harás siempre lo que resulta imposible a cualquier otro”, “pondrás tu ser torero por encima de tu propio ser”, “serás tal y como te muestres”, “lidiarás a tu adversario sin preocuparte de ti mismo”, “matarás a tu adversario ocurra lo que ocurra y cueste lo que cueste”, “serás siempre dueño y señor de tu adversario y de ti mismo, de tus gestos, tus reacciones, tus emociones”, “engañarás a tu adversario sin mentirle” (Ángel Peralta ya dijo que torear es engañar al toro sin mentir), “disimularás a los espectadores lo que pienses sin engañarlos sobre lo que haces” y “expondrás enteramente tu cuerpo al espectador igual que al adversario”.

Ya en el capítulo cinco, Wolff habla sobre la corrida de toros como arte, aceptando que la tauromaquia artística nace a principios de siglo XX con Belmonte y Gallito, toreros que se quedan en el sitio para posteriormente desarrollar el concepto de la ligazón, que es fundamental en el toreo moderno y artístico. Para Wolff, el arte llega cuando se da forma a una materia en el movimiento, para ello es necesario en primer lugar el aguante del torero (para acercarse al aguante Wolff compara la tauromaquia de Paco Ojeda con la de José Tomás), pero luego que el matador transforme esa bravura, esa fuerza bruta con la que el toro embiste y reduzca su velocidad con el temple, y que esto lo haga no únicamente en una serie completa, sino en una faena íntegra.

Para el filósofo alemán Hegel, el origen del arte era la necesidad humana de domesticar un mundo hostil, por tanto, Wolff establece que “el toreo es el arte esencial porque aparecen curvas contra rectas, series contra dispersión, unidades discretas contra continuas, ritmo contra desorden, armonía contra caos, aminoración contra aceleración”. “Sólo el toreo humaniza una materia al combatir contra ella, por eso es el único arte vivo que hace revivir ante nuestros ojos ese nacimiento del arte”.

Francis Wolff finaliza su obra centrando su mirada en el placer que produce la tauromaquia en el aficionado. Uno de los placeres que se deriva del espectáculo es poder comprender lo que hace el matador, otro la admiración del toro y su bravura, pero también el aguante del torero, que permanece imperturbable, sin perder de vista el placer que nos provoca la belleza de la obra que ha creado el torero. Sin embargo, todo esto no tendría sentido sin el riesgo, sin el miedo a la muerte. Para Wolff, “en la corrida nunca podemos vivir sólo la belleza sosegada porque aburriría, sosa y empalagosa. Tampoco podemos satisfacernos con el miedo por el torero sin buscar la poesía o la grandeza del toreo. El miedo sólo sería insoportable. Así, pues vivimos los dos” concluye el filósofo y aficionado francés.

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