Joselito El Gallo. Un siglo de admiración y respeto

Por Adrián Blázquez

Durante la víspera del encuentro, Marcial no puede pensar en otra cosa. La cita se aproxima y las preguntas sin respuesta se acumulan en su cabeza, donde ya se han instalado y no le dejan dormir. O tal vez no quiere; no hasta que resuelva todas sus dudas antes del encuentro. Podría hablarle de toros – piensa el torerillo -, pero qué puedo yo contarle que no sepa ya. Pues eso, que unas veces embisten y que otras no, cada uno a su manera; que a veces se les hace lo que uno quiere y otras, lo que ellos quieren. Hay que entenderlos y ver los cambios, aunque eso la gente no suela verlo. Aunque eso ya lo sabrá usted, José. ¿José o Joselito?

Laínez, quien le hiciera las fotos de Vista Alegre, le ha invitado a conocer a Joselito en su casa. Marcial no acaba de estar contento, pues no esperaba que fuera un fotógrafo quien le presentara a tamaño torero. Mejor podría haber sido su padre incluso, gallista y hombre de respeto. Le disgusta la forma en la que ha llegado la invitación y la categoría de esta, pero ha aceptado. El fotógrafo tendrá que ser.

Se ha pasado el día ocupado. En la peluquería, en la barbería y en el limpiabotas de San Jerónimo. También ha pedido que le planchen los pantalones y que le despierten a las nueve para no dejarle dormir, pero dormir no puede. José será, decide mientras le viene una nueva pregunta. Tras el toro, el capote y la muleta serán lo siguiente. ¿Y las banderillas? Yo también pongo banderillas, mire las fotos de Laínez. La conversación sigue en su cabeza. A usted no le cogen los toros. Los toros no cogen mientras uno no pierda la cabeza. Y el sitio. Los toros cogen a Belmonte […] ¿Belmonte? Una nueva duda que disipará rápidamente. Mejor no hablar de Belmonte. Mejor seguir hablando de toros. Los toros no cogen, como a usted. No le cogen, murmura antes de dormirse.

No son las once todavía y ya está con Laínez junto a las puertas de Arrieta. Piensa que quizás sea temprano y quiere esperar. O huir. Cuando se quiere dar cuenta, ya están en la habitación de José. Así le llamaba desde la noche anterior. No supo como había llegado ni quien abría las puertas, pero allí estaba. Tampoco escuchó las primeras palabras de Laínez en la presentación. El apretón de manos con el Maestro le hace volver a la realidad y arranca la conversación. La fascinación es real. Ya en la calle, no sabe el becerrista si está contento o triste. Acaba de conocer al Rey de los Toreros, a quien hoy recordamos en el centenario de su muerte con el mismo respeto y admiración con el que se presentó aquel joven Marial Lalanda hace mas de un siglo.

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