Por Adrián Blázquez

Ganando la batalla a los canales de aficionados empezó esta guerra de la que ya parece divisarse el horizonte. Un desenlace que se apresura tras la eliminación del contenidooficial de empresas y profesionales del sector.

Tal vez sea un viaje muy superficial sobre la evolución enla supresión del contenido taurino de las principales plataformas de alojamiento de video en la red. Y es que, aunque ya nos estábamos acostumbrando a la censura de Youtube, pensábamos que el contenido en Vimeo estaba a buen recaudo. Innegable es la censura, como también lo es el derecho de una empresa privada a elegir el contenido que ofrece en su plataforma. Sacando a relucir vídeos que permanecen activos y disponibles para cualquiera, donde se muestran en viva imagen los actos y declaraciones más detestables del ser humano, algunos han tratado de justificar el derecho a estar de la tauromaquia. La tauromaquia no puede compararse a ese contenido y, puestos a buscar una justificación racional y coherente, prefiero pertenecer a la parte descartada.

Muchos hablan de la pérdida de presencia de la tauromaquia en internet y los medios audiovisuales en general, pero ¿alguna vez la hemos tenido de verdad? Es fácil hablar de censura cuando se sufre en primera persona, pero todo cambia cuando eres el ejecutor de la misma. No entiendo como empresas o profesionales se erigen defensores del derecho a estar, cuando son los primeros en denunciar a los usuarios que comparten su afición con el resto del mundo. La cultura deja de apellidarse popular cuando elige a quien llegar en función de su ubicación y sus recursos. No dejan de ser empresas privadas que manejan el contenido que distribuyen a su antojo; seguro que ya les suena de algo.

Sin embargo, todo esto cambiaría si el censor fuera un ente público del que todos somos directamente responsables. Se me ocurren, sin ahondar mucho en la extensa lista, entidades como Radio Televisión Española (RTVE) o, por tenerlo más a mano y con un descontento en aumento, el Centro de Asuntos Taurinos (CAT) de la Comunidad de Madrid, institución pública encargada de supervisar y documentar todo lo que ocurre en la primera plaza del mundo. Ambas entidades poseen los archivos más extensos que quizás existan en materia taurina, que solo alimentan un fondo tan valioso como inaccesible para quien quiera navegar en él. Más que defender y promocionar, pareciera que se trata de ocultar. Tampoco me extraña, pues son los organismos públicos quienes llevan ejerciendo como censores muchos años, convirtiendo tras cerca de dos siglos a Francisco de Goya en el antitaurino mas activista y asegurando de manera inequívoca que Pablo Picasso pintó una obra en recuerdo a un bombardeo en Guernica. 

Todos queremos luchar contra la censura, pero conviene elegir bien contra quien hay que luchar y, lo más importante, fijarse antes en la que se ejerce en primera persona.

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