Los ojos de Mitra, viaje iniciático de un héroe torero

Por Carlos Cuesta

He tardado una década, el tiempo de escribir la novela Los ojos de Mitra, en resumir su argumento en un par de frases: Un fotógrafo deportivo, ex-futbolista de élite, se cruza por azar con el torero maldito Francisco Vega. Su fascinación por él se transforma en una obsesión por hacer de él la figura más grande de su tiempo. Ésta es la respuesta que he logrado parir para evitar consumir la paciencia de conocidos y amigos cuando me preguntaban por lo que estaba escribiendo. La dificultad para encontrar una respuesta breve reside en mi entusiasmo por esta historia y por el amplio abanico de aspectos que trata. Si son tan amables, me van a permitir que me explaye.

La necesidad de escribir esta historia surgió de una sola imagen. La de los pies de un torero, firmes sobre la arena que se elevaba por una de sus pisadas. Yo no sabía qué quería decir aquello, o de donde venía. No soy aficionado taurino, en el sentido de que no soy un habitual de las corridas de toros, no soy un experto, ni un estudioso de esta disciplina. Como castellano y curioso, la Fiesta no me era totalmente ajena, pero sólo conseguí interpretar esa imagen como un deseo de concebir una historia sobre la belleza. Como el azar hace bien las cosas, un día terminé no sé cómo visitando la finca de Aldeanueva del Arenal; una de las personas del grupo que allí se reunió se llama Sergio Hernández, amigo de un amigo, ex-cortador y empresario, aparte de muchas otras cosas. Yo había coincidido con él en algunas citas festivas donde nos cruzábamos con las figuras más variopintas. En torno a una copa, él y su entorno rememoraban infatigables faenas históricas, eventos recientes, citando de memoria números y nombres de toros, de toreros, de lugares, como verdaderas enciclopedias. Imposible seguirlos a aquel laberinto que proponían. Otro amigo y yo nos refugiábamos en la música y el ambiente y les dejábamos discutir de sus toros.

¿Cómo quieren que resuma lo que es la experiencia de haber documentado, escrito y vivido Los ojos de Mitra? Es absolutamente imposible, en cuanto uno pone los pies en el universo taurino, el azar, lo misterioso, lo confuso, lo instintivo, lo inexplicable, lo imprevisible, toma las riendas.

La de la visita era una tarde lluviosa, seguramente no la mejor para ver aquellos toros, pero lo que ocurrió en el viaje de vuelta fue bastante especial. Un debate bien serio entre cuatro o cinco personas se fraguó para bautizar al protagonista de la novela. Yo estaba alucinado de que aquellos locos, aficionados taurinos de verdad, me prohibieran llamar al personaje de ésta o aquella manera. No se trataba de una conversación. ¡Era una negociación! Cuando llegué a casa, el nombre del personaje era ya algo indiscutible. Alimentado de referencias y razones, no podía llamarse sino Francisco Vega.

La experiencia de descubrimiento que vino después no fue menos emocionante ni más sencilla. Por motivos personales, debía esperar a menudo en estaciones de tren de Francia o España. Fue allí donde completé la lectura que marcó un nuevo punto de inicio, la biografía de Belmonte firmada por Chaves Nogales. Entre muchas otras lecturas la existencia de El Yiyo se alió sin remedio a los recuerdos de un joven Francisco Vega; la plaza de toros de Las Ventas me descubrió a Iván Fandiño en una Feria de Otoño (me niego a creer, con todo el respeto que merece este hombre, que un pedacito de su alma no se haya pegado a la piel de Francisco Vega); Antonio López nos abrió las puertas de su taller, la sastrería Fermín; mi inconsciente, maravillado, aún no ha logrado salir de él. Los tentaderos, las visitas a ganaderías, los coloquios, presenciar cómo se cargan los toros al amanecer, los sorteos la mañana de un festejo…

Los ojos de Mitra es la narración de ese viaje geográfico y emocional, el del fotógrafo Ismael Sánchez a los terrenos de lo taurino, que es mi propio viaje. Yo acudí empujado por una imagen y un deseo de escribir. Él, obligado por sus lesiones y por un accidente azaroso que le llevó a cubrir la agenda de trabajo de un compañero de periódico. Su incomprensión de aquel terreno y su incredulidad ante la particularidad inabarcable de los protagonistas de ese mundo, de esos mundos, termina por someterlo. La autenticidad de este universo no hace sino aún más teatral y trágica, casi patética, la actitud de aquellos que lo traicionan. Ismael encuentra en Francisco Vega la sublimación de lo que él habría soñado ser en tanto que futbolista. La personalidad de este matador, la complejidad de su pasado trágico y de su destino olímpico, empequeñecen sus logros y sus sacrificios como deportista, cuando se comparan o se enfrentan a los terrenos puros, sagrados o mitológicos de la tauromaquia y sus misterios.

No me parece exagerado hablar de Los ojos de Mitra como una novela heroica, y heroica en el sentido de los héroes de la antigüedad clásica, donde un personaje dotado de un don singular debía superar una serie de pruebas inaccesibles al resto de los mortales, y regresar transformados por una revelación. La aventura era física y alegórica; el héroe enfrentaba lo sobrenatural y su alma no podía quedar indemne.

Es una de las razones que volvía difícil responder sobre el argumento de esta novela: ¿es el viaje de Ismael o el de Francisco? ¿Quién es el héroe de esta historia? ¿Ismael es más que el testigo y el narrador de los prodigios de Francisco, de sus dudas, del trágico pasado familiar de una saga ganadera avocada a la desaparición? El viaje de Ismael, como el de Francisco, también es sin retorno. De Salamanca a Madrid, de Bilbao a Pamplona y de Valladolid a Tlaxcala, participa con Francisco en un juego de tensiones para crear a un mito sin desposeerlo de su verdad, rozando con los dedos la frontera que separa la celebridad de la leyenda.

Francisco es un hombre silencioso y solitario. “Vivir en torero” es la divisa que se ha quedado tatuada en su ambición y es por eso que un día él le dice a Ismael, “yo sin público también podría ser torero”. ¿Cómo quieren que diga en una sola frase lo que es Los ojos de Mitra o que la frase “es la historia de un torero y del hombre que quiere hacerle famoso” parezca suficiente, cuando lo cierto es que lo que aquí se debate es la cuestión de la trascendencia y la vocación, llevada hasta sus últimas consecuencias. ¿Es un sueldo lo que convierte a un hombre en torero, o vender libros en escritor? Y así una historia sobre la belleza se vuelve con los años en un relato sobre vocación y verdad; y así es cómo el amigo de un amigo, que era Sergio Hernández, se convirtió en un amigo por entero. Esta novela es, más que todo lo demás, un fiel reflejo de la creación de esa amistad, sin duda conflictiva, pero sobre todo fructífera y verdadera.

Los ojos de Mitra no es ningún caso un intento de resolver ninguna de las polémicas que se abaten sobre la tauromaquia, no es una defensa ni una apología de un espectáculo, de un arte; tampoco una crítica, un tratado ni un ensayo. Las diferentes lecturas, las diferentes capas del relato, impiden reducir este texto al seguramente honorable término de “novela taurina”. Puede que la temática y el contexto quieran desmentir mis palabras; que el protagonismo absoluto del campo charro y los otros escenarios recorridos en las páginas de esta novela nos digan que es taurina y no otra cosa. Ninguna necesidad de leerla con La Eneida en la mano, pero me es difícil resistirme a hablar de Los ojos de Mitra como una Eneida castellana, salvando las diferencias de estilo y prestigio que me separan de su escritura y de su autor.

Por todo lo dicho es por lo que quiero considerar esta novela como un relato heroico, en esta época en la que admirar a narcotraficantes y mafiosos parece menos reprochable que ensalzar a un torero.

Para terminar, y para no abusar de más de su paciencia, quisiera concluir hablando de la paradoja inexplicable, argumentalmente difícil de defender de que el torero ame por encima de todo al animal que está destinado a matar. Este extremo encuentra en la literatura un terreno más que propicio de exploración, siempre arrojando más preguntas que respuestas. Y como ya les he dicho que yo no soy un experto, le voy a dejar a Francisco Vega que termine estas líneas. Cuando el todavía novillero visitó la sastrería de Vicente Cano, trasunto del sastre Antonio López, el joven le hace una pregunta al artesano:

– ¿Le puedo decir la verdad, don Vicente?

El sastre quedó sorprendido por la transparencia de un mirar afilado como una daga.

Me voy a arriesgar – susurró Vicente, consciente de que ser partícipe de ciertas verdades le convertía a uno en cómplice.

– Yo lo que querría es ser toro.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *