Los últimos románticos del toreo

No quisiera dejar pasar esta ocasión para compartir con ustedes la gran inyección de afición que ha supuesto para mi acudir, el pasado fin de semana, a la localidad salmantina de Ciudad Rodrigo.

Tras unos días previos de incertidumbre sobre mi asistencia o no al carnaval por excelencia, sonaba el despertador a las cinco de la mañana del sábado. Con salida programada para una hora después, llegábamos a nuestro destino sobre las diez y media del mismo día. Desde las afueras de la ciudad, ya se podía respirar ese aroma a toro que embriaga a todo aficionado.

Quiso la suerte o el destino que nos encontráramos, a los pocos minutos de llegar, con el novillero Sebastián Castillo caminando junto a Francisco Montero, con el que nos habíamos citado antes de llegar. Solo unos instantes después de las presentaciones ya había podido comprobar ese romanticismo que aún perdura en aquel que lucha por un sueño día tras día.

Acompañados por los trastos de torear, observamos desde las tablas la llegada del toro del Antruejo, un magnifico ejemplar de Barcial que fue el principal atractivo del día. Finalizado el encierro nos dirigimos, guiados por los dos maletillas a un bar contiguo a la plaza. Fue ahí cuando empezaron las confesiones por parte del torero venezolano.

Como agua de mayo, todos los años esperaba la fecha del carnaval, me confesaba mientras se tomaba un té con limón que había pedido. Elección equivocada en la bebida pensaba yo. Él mismo lo asumía, mientras me contaba cómo había tenido la oportunidad de debutar en Ceret como novillero con caballos. Tras el encierro de los toros de Galache que compondrían la capea de la tarde, nos dirigimos a su humilde alojamiento donde tenía pensado pasar la semana persiguiendo su sueño de ser torero. Un coche utilitario aparcado frente a la estación de autobuses que hacía las veces de ropero, habitación y comedor.

“Ahora al menos tengo el coche, pero no se me olvidan aquellos años en los que pedía permiso, con toda la vergüenza del mundo, a los feriantes para dormir muerto de frío entre los asientos de la cabina del camión”. A mí tampoco se me han olvidado esas palabras. Entramos en un bar cercano donde acompañé un bocadillo con una cerveza. Una vez más, me extraño su elección: bocadillo de huevos fritos y agua. Esta vez, me contaba el joven Castillo, que al menos podía elegir la comida y es que, en otras ocasiones, no disponía de más de diez euros para pasar la semana en una ciudad a la que había acudido gracias al auto stop. Todo por tener una oportunidad de nuevo.

Se acercaba la tarde y con ello la novillada anunciada donde compartimos tabla e impresiones sobre lo que ocurría en la particular playa de Ciudad Rodrigo. A falta del último novillo reseñado y a toda prisa nos dirigimos de nuevo a su peculiar residencia. La capea con los toros de Galache se acercaba inminéntemente y él, como muchos otros maletillas, esperaba con impaciencia y nerviosismo volverse a enfrentar a su destino.

“No me gusta ver los toros que van a salir – me decía durante el encierro matinal -, con saber la ganadería me vale”.  Por la esquina de chiqueros ya asomaba el colorado de Galache al que, tras esperar su turno, pudo pegar una tanda de muletazos de muy buen gusto. Ahí quedarían sus credenciales hasta la próxima oportunidad que la tauromaquia popular o los empresarios le brindaran.

El mismo día por la noche ya me encontraba en Madrid, repasando los detalles de un día donde habíamos compartido diez horas con un maletilla. Gestos como estos suponen una inyección de afición y confirman como aún perviven los últimos románticos del toreo.

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