Madrid | Ciento ochenta minutos son «molto longo»

Por Blázquez del Coso

Ser aficionado y disfrutar de la temporada de Madrid es muy difícil en días como hoy. Ya no sé cuál es la motivación que domingo tras domingo nos impulsa a ocupar el sitio de nuestra localidad, aun sabiendo de lo que venimos y lo que nos espera para una tarde puramente invernal. Con el escándalo de la semana pasada, la composición del palco de hoy no ayuda – a priori – a una reconciliación de la afición y la autoridad, a la que ya dudamos en calificarla como competente. Es la segunda novillada de la temporada y la presentación de los de Hnos. Sánchez Herrero ha sorprendido desde por la mañana. El cartel de actuantes se mantiene intacto desde su publicación y a los de Aldeanueva se enfrentarán Carlos Olsina, José Rojo y Daniel Barbero.

Son mas de las siete y el segundo novillo de la tarde continúa en la plaza; José Rojo en la enfermería. Han pasado muchas cosas hasta llegar a este punto, tan alejado ya del inicio del festejo y mas aún del final. Entre ellas, destaca la premura que hoy ha mostrado el palco para desempolvar el pañuelo verde que indicaba la devolución de Caminero N19, primero de la tarde. Quien diría que esto iba a ser el principio de la eternidad. Con el sobrero del mismo hierro anduvo Olsina por terrenos equivocados ante Rodillero N8, que echaba las manos por delante y vendía una embestida defensiva que el torero no compró. El aire se sumaba a la fiesta del frío y la plaza empezaba a mimetizarse con el clima. Fabiolo N5 también es un manso que ha obligado a Rojo a perseguirle por la plaza. Empezó en los terrenos del cinco, donde se arremolinaban los papelillos en una columna ascendente, y en la misma puerta de toriles fue a caer. Y no lo digo por el animal, que murió en la oscuridad del desolladero. Se temía lo peor ante la dramática imagen donde Rojo resultó prendido al ejecutar la suerte suprema, pero pronto llegarían buenas noticias desde la enfermería anunciando que estaba listo para dar muerte al quinto. Esta vez sí, porque Olsina no pudo con las labores de director de lidia y mandaron salir a Florito por segunda vez. ¡Esa manía de no volver a coger la espada! Los pinchazos con la cruceta se fueron sucediendo y ni la generosidad en los tiempos evitó que sonaran por tercera vez los clarines. Son las siete y cuarto de la tarde.

Cuando uno intenta anotar lo más destacado de la tarde solo se acuerda del frío, que pareció amainar unos segundos cuando de la enfermería salió José Rojo. No solo del frío se acuerda uno, pues el viento que le acompañaba también quería su papel protagonista. En cuanto a lo que iba ocurriendo en el ruedo, un par de milagros, dos bregas y un tercio con los palos. Es inevitable coger con pinzas cualquier gesto para justificar que hiciste bien en renunciar a un domingo frente al calor de una manta en el sofá frente a la televisión. Algunos se la habían llevado al tendido, en un intento por combinar ambas pasiones. Ni con esas queda justificada la tarde. Daniel Barbero cerró la tarde con una vuelta al ruedo entre aplausos que agradecían el final. Cualquiera estaba ya para exigir la devolución del sexto a estas alturas, pues bastante teníamos con los dos primeros y los nueve avisos. Gonzalo de Villa aguantó las manos abajo, quizá en los bolsillos, y el pañuelo blanco no asomó en un intento pro reconciliarse con los pocos que quedábamos en el tendido. Acierto. En Manuel Becerra ya son las nueve y media.