Madrid | El enfrentamiento, un parche para tapar la fuga de casta

Por Blázquez del Coso

La Feria de Otoño en la plaza de toros de Madrid no ha podido empezar con peor pie. Tras una hora sentados en la plaza, a la que hay que sumar las dos que pasaron desde que dejó de llover, el festejo inaugural acabó aplazado para el día 8 de octubre. Las entradas ya adquiridas serán válidas, según anunciaba la megafonía, pero los transportes y resto de gastos habrá que abonarlos de nuevo. A la novillada del sábado llegó un novillero con aires de figura que se regaló una vuelta al ruedo y que cortó una oreja que concedió el presidente viendo los pañuelos que asomaban; todos iguales y por grupos repartidos, con el nombre de la peña correspondiente bien visible en los pedazos de tela. 

Para esta tarde están reseñados seis toros con el hierro de Victorino Martín para López Chaves, Alberto Lamelas y Jesús Enrique Colombo. Lo que le falta, no lo sé; lo que le sobra, sí. El primero de la tarde, de nombre Bosilillo N4, empieza a crispar el ambiente. En el palco está Gonzalo de Villa, que no destaca por sus acertadas decisiones. Si se debe devolver o no, que lo juzgue cada uno desde su localidad, que para eso estamos en la plaza. Desde la mía, les digo que sí. Tras un trasteo que pasa indiferente por el nulo interés que genera el toro, el animal se echa tras sentir el frío del acero. No por efecto de la misma, que no es fulminante. Las fuerzas para mantenerse sobre los cuatro apoyos ya eran deficientes en los momentos previos a la estocada. Baratillo N40 si es el toro de Madrid y desde el tendido se lo recuerdan al presente ganadero. ¡De aquí para arriba! ¡Este si, Victorino! Razón no falta y quiero pensar que la cierta complicidad de opiniones que apuntaría horas mas tarde en la radio se refiere a esto. Mientras tanto, López Chaves sigue ausente en el ruedo y el joven anglo que se sienta delante, en brazos aún de su padre, empieza a entretenerse con el video de un autobús elevado con globos de helio para cubrir el trayecto de Madrid a Salamanca que ayer realizó a la inversa. Con la muleta, muchas precauciones y aburrimiento.

El segundo en salir es Alberto Lámelas, que se lleva el lote de la tarde. A Venadito N84 lo recibe por fuera de la segunda raya frente a la puerta de chiqueros y con ello recoge las primeras palmas. Aquí no se le puede reprochar nada, aunque a mí no me guste en exceso. Con ello se suele sacrificar un recibo de toreo fundamental a la verónica. Deja en suerte al toro para el primer puyazo y, tras dos intentos por dirigirse al caballo que guarda la puerta, ordena el jefe de filas mover los caballos en sentido antihorario hasta que el picador titular se sitúa a medio camino entre el cinco y el seis. Está muy bien, pero falta el intento de ponerlo en el sitio correspondiente. El paso atrás durante la faena de muleta le penaliza y la mano en alto tras una estocada caída confirma la sanción. Saluda ovación tras el arrastre del toro. Con Jaquetillo N21 repite la suerte frente a toriles, pero está vez consigue recogerlo y lidiarlo para alargar la embestida. De esta forma si está justificada la ausencia de la apertura de capa. Para Marco Galán, al que le corresponde la lidia, se dirige la ovación tras la finalización del segundo tercio que, entre las labores de brega que le ocupan y la poca sensibilidad de su matador, acaba sin corresponder para que otros lo hagan en algo que les corresponde. Uno ya no sabe que es lo que vale o no vale en Madrid, pero a mi el toreo de perfil con el toque de muñeca hacia fuera no me gusta. Los toreros lo saben, pero también conocen la eventualidad del público mayoritario que acude a la plaza y de ello se aprovechan. De nuevo apunta con la mano al cielo de Madrid tras estoquear abajo; mismo sitio en el que debe quedarse el brazo. Sale a saludar de nuevo la ovación y la cuadrilla, con la cabeza visible del citado Galán, le invitan a dar la vuelta al ruedo. Todo lo que ganan en la plaza con sus actuaciones, lo pierden con gestos así. Por no hablar de lo que ocurre en despachos y corrales. A Lamelas le honra abortar el iniciado paseo. Hay que exigirle más si quiere conservar su sitio en Madrid.

Lo que ocurre a la salida del tercero es digno de mención. Sale Patarato N7 para Colombo y se arma el lío. Es una mezcla entre cabra y vaca indigno para la plaza de Madrid. Solo las gónadas que le cuelgan, las misma que menciona el ganadero desde el tendido al encararse con quien le recrimina su beneplácito con el esperpento, recuerdan a un toro. Por muy aficionado que se sea, cuando una se sienta en el tendido en representación de uno de los protagonistas de la tarde, el estatus es diferente. El común de los aficionados, ni observa desde la atalaya de una organización ni desde los intereses ganaderos. Y a quién quiere engañar, convertir una ganadería con prestigio en una factoría con el fin de lidiar por «primera vez en esta plaza», solo es culpa suya. Lo que haya sacrificado solo él lo sabe, pero el resto vemos las consecuencias en el ruedo. La cantidad por la calidad. De la condición física de Colombo nadie duda. Solo faltaría que a su edad no la tuviera. Lo que es inadmisible es que sacrifique a su cuadrilla para ganar un protagonismo en banderillas con tal nefasto resultado. Aquí no hay sindicatos y a nadie le importa que no haya profesionales en el ruedo pues cobran igualmente. Derechos incluidos, a esto se resume todo. Lo repite en ambos toros con unas ventajas impropias de un matador banderillero, que van cada vez en aumento. Solo el sonido del primer aviso actúa de despertador y nos traslada de nuevo a la plaza. Silencia en sus dos actuaciones. Desconozco si aún seguirá su campaña para vender la Puerta Grande que no fue de ninguna forma en su última actuación. Que le sigan engañando si quiere, pero aquí ya está todo visto.

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