Madrid | El reencuentro de El Juli con Madrid y su afición

Por Blázquez del Coso | Fotografía de Susana Ortiz

Las horas previas a los carteles de expectación en Madrid no son fáciles para nadie; mucho menos para aquel que desde el 27 de marzo ocupa religiosamente su localidad en la plaza. Y es que como si de una liturgia se tratase, en campanillas siempre acuden los que desean que suene el badajo situado en la puerta que da a la calle Alcalá. La misma por la que llegó Morante de la Puebla tirado por una pareja de mulas cárdenas a juego con la corrida de La Quinta. La expectación es máxima y la taquilla ha volado como si fuera viernes. Sin embargo, hoy es miércoles y el bendito horario laboral ha dotado a la primera plaza del mundo del rigor anhelado. Al resguardo de la sevillanía y fuera de las apuestas llegaba El Juli a la plaza de Las Ventas en su vigésima cuarta temporada como matador.

La antiestética figura de los últimos años y su detestable forma de ejecutar la suerte suprema, habían condenado al torero madrileño a un rechazo constante por su distancia a la ortodoxia que exige Madrid. Dudo que quien es protagonista de todo esto permanezca ajeno a lo que de uno mismo se habla, se critica y se le exige. El Juli llegó con la lección aprendida y las ganas para resarcirse. Con esta mentalidad comenzó la tarde donde finalizaría su penitencia, echando los vuelos y toreando de exquisita manera a Bellotero N28 en el recibo con el capote. ¡Que toro! Se acercaba la primera parte del purgatorio y desde la predispuesta verticalidad empezó con el perdón. Tenía delante un carretón y demostró que podía; tampoco lo dudábamos, pero había que enseñarlo. La plaza le reconoció la labor con una petición abrumadora que enmudeció tras asomar el primer pañuelo. ¡Esto si es una sorpresa!

La cuestionable colocación y el ajuste con el enclasadísimo primero se disipó con la actuación ante Gañafote N47. El toro amenazó en un par de ocasiones la integridad del torero cuando éste se interpuso entre su camino hacia la protección de las tablas. Nadie daba un duro porque algo pudiera salir del enfrentamiento. No le importó a El Juli, que asumiendo los riesgos que conllevaba la condición del toro, lo sacó de las dos rayas para armarle faena. Y vaya si lo consiguió. Querer, colocación y poderío como eje de la faena con la pañosa. Cuando nos quisimos dar cuenta, en el ruedo había un torero formando un lío al natural al inventarse una faena inverosímil. La actuación sacó a relucir las vergüenzas del toreo impostado de media altura y falta de ajuste, tan elogiado por la mayoría y tan en las antípodas de lo que aquí gusta. Estaba todo echo y solo faltaba meter la mano tirándose a matar por derecho. No lo hizo y dos pinchazos se sucedieron. En añicos se rompió el matador tras no culminar la tarde y así lo captaron los objetivos. El camino estaba echo y la vuelta al ruedo fue muestra del reencuentro con la afición de Madrid, que en eso de reconocer los méritos no tiene rival.

Todo esto sucedió bajo la atenta mirada de Morante de la Puebla, que con el primero dejó un par de naturales y recibió un inválido como regalo en el segundo; y Pablo Aguado, fuera durante toda la tarde y con un concepto que empieza a cuestionarse.