Madrid | Menos toros y mas milagros

Por Blázquez del Coso | Fotografía de Susana Ortiz

Segunda del ciclo continuado y primera de las novilladas programadas para la Feria de San Isidro; la de menos aliciente, sin duda. Y no será por el hierro anunciado, al que había ganas de volver a ver tras la actuación en la corrida desafío con Saltillo y las buenas impresiones en el juego de sus dos últimas novilladas en esta plaza. Lo que no se entiende es que Carlos Dominguez, Arturo Gilio y García Pulido se presenten hoy en la primera plaza del mundo con la novillada de Los Maños, de la que se espera que esté a la altura. Y a su manera lo estuvo, con una sobredosis de dulzura y continuas embestidas. El aficionado espera más, tanto del trapío con el que saltaron algunos novillos como del comportamiento. Sin duda faltó el punto de transmisión que hace vibrar a Madrid cuando un novillo se arranca con tranco. Para montar un lío gordo, a base de toreo moderno, se prestó la casi totalidad de la corrida. Lo que falta es oficio; también ese punto de ambición desmedida que puede hacer olvidar las capacidades técnicas de quien se pone delante en una oportunidad a cara o cruz. A Madrid se debe venir con fundamentos y ayer no se vio ninguno. ¿Qué papel juega la empresa en todo esto? Un despropósito que no debe bajar el listón, que ya no sabemos ni donde está – pero lo intuimos -, de los asistentes a la primera plaza del mundo.  

Como quien llama a toque de corneta llegaron a Madrid desde Badajoz, México y Toledo los actuantes de la tarde con la suma de diez festejos a sus espaldas entre los tres. Carlos Domínguez jugó el mejor novillo de la tarde pese a la lidia que no se le dio. Que no digo que tenga que ser conocedor de los secretos del toreo, pero los toros hay que ponerlos en suerte. Saltacandelas N59 se empleó en la primera vara y, tras ser cortado en su huida al caballo que guardaba la puerta, también lo hizo en la segunda. Uno a mas y el otro a menos dieron como resultado la ovación y el silencio, respectivamente. Con el segundo no mejoró y lo bueno que se pudo intuir con el capote en el primero, se esfumó de igual manera que éste salió despedido al recibo del cuarto de la tarde. Torear en Madrid es especial, pero lo puede ser eterno. Dos silencios y dos avisos a su paso por el coso de la calle Alcalá.

El primero del lote de Arturo Gilio fue otra máquina de embestir que fue a más. El mexicano lo recibió con el capote a la espalda desde el inicio y se ganó el primer debe al toreo fundamental. En sus filas un picador al que se le olvidó lo de montar, que cargó armas contra un novillo sin trapío para acabar dejando dos picotazos. Con el capote no le vimos a la verónica y con la muleta giró como lo hace un caballito de carrusel. Con el quinto estuvo mejor. Antes de la grave cornada en el gemelo de la pierna izquierda que le impidió continuar la lidia, consiguió ligar una serie de derechazos, pero no convenció. Aquí si hay que hacerlo, pese a la idas y venidas de públicos y palco. García Pulido cerraba la terna y no estuvo mejor, al menos con el primero de su lote. Comentan que el cierraplaza se empleó en el caballo, pero los compromisos familiares me impidieron comprobarlo. El novillo que salió en tercer lugar corrigió por su cuenta el defecto de echar la cara arriba a la salida de los muletazos. Mientras eso llegaba, el punteo de los pitones con la tela de la muleta se convirtió en tónica. Claro queda que no hacen falta toros propicios para el triunfo; lo que se necesitan son milagros.