Madrid | Rotunda vuelta al ruedo de Luque y premio para Álvaro Lorenzo

Por Blázquez del Coso | Fotografía de Susana Ortiz

Con temperaturas primaverales llegaba la primera de la Feria de San Isidro en la Plaza de Toros de las Ventas, donde siempre debió estar. Sin rastro y sin memoria de lo que ocurrió en el ruedo queda aquel experimento del pasado año por los carabancheles, donde la fiesta dejó de ser popular. Hoy hemos vuelto a sentir ciertas apreturas, olvidadas en los festejos del inicio de temporada, con la corrida de Montalvo que abría el ciclo. Daniel Luque, López Simón y Álvaro Lorenzo han conseguido meter a mas de quince mil espectadores, coincidiendo con la miurada de Sevilla y su cierre.

El festejo comenzaba con un riguroso minuto de silencio en recuerdo a todos aquellos compañeros de abono que nos han dejado durante estos dos últimos años de pandemia. Nuestro recuerdo para ellos. Abría la tarde Daniel Luque, que llegaba a Madrid tras ser uno de los tantos triunfadores de Sevilla. La rotundidad con la que salió con tal estatus queda a la libre interpretación. El primero de los de Montalvo fue un toro que cantó la falta de fuerzas desde los primeros lances con el capote y esta condición se hizo mas pronunciada a medida que avanzaba la faena. Pocas opciones debió verle Luque, que no evitó que al relance se produjera el primer simulacro de la tarde en varas. El que no apreció enterarse de qué iba la cosa fue López Simón que, capote a la espalda, dejó llegarse al toro y que este punteara las telas a cada lance. Capotes arriba en la brega y primer toro de la feria que nos tragamos. El cuarto de la tarde salió de chiqueros buscando tablas y repartiendo coces por el ruedo. Una vez más, y ya van dos en lo poco que llevamos de temporada, el presidente ordenó salir al caballo antes de fijar al toro con el capote. Manuel García “El Patilla” dejó dos buenas varas en el sitio, de las que Atleta salía arrollando a todo lo que se interponía en su huida a querencia. Sobre la mano derecha consiguió Luque que el toro se centrara en su muleta tras un inicio por abajo. Lo puso todo para armar faena y logró meter en el canasto al manso, con el apunte negativo de la colocación y el exceso de los tiempos de la faena. Se pidió la oreja con fuerza, pero hizo bien en presidente en no concederla y la vuelta al ruedo cobró mas valor.

Tras su tibia actuación en quites, llegaba la hora de ver como venía López Simón. La excusa del toro inválido le vino como anillo al dedo para justificar su actuación con el primero. Se protestó con fuerza para exigir el pañuelo verde, pero en su lugar continuó la sucesión de trapos blancos. El medio toro y el toreo despegado cuyo único criterio de lidia ligada no valen en Madrid. Aún así, se regaló un saludo en el tercio que fue protestado. La lidia del segundo de su lote es digna de estudio. El toro suelto al caballo sin rastro de preocupación por hacer las cosas bien y capotes al cielo en la brega a un toro basto y noble. Ante la pasividad del matador, la cuadrilla asumió más responsabilidades. Los medios muletazos con la inexplicable retirada del engaño a mitad de trayectoria fueron el eje de una faena que jamás levantó y que deja señalado al torero de Barajas.

Álvaro Lorenzo quiso abrirse de capote, dejando cuatro verónicas donde hubo algún que otro punteo a las telas. Lírico no planteaba aparentes problemas, pero quiso el torero mostrarlo peor de lo que a todos pareció. Evitó la ligazón para no verse por debajo del toro y todo lo hizo por arriba, sin limpieza y hacia fuera. Con el último de tarde se produciría una nueva infracción del reglamento taurino cuando D. Ignacio Sanjuan dio por finalizado el tercio con los palos tras siete pasadas de los de plata y tan solo tres palos enganchados desde la distancia. Mal expediente va cogiendo en su corta andadura por Madrid. El toro, que pasaba los 600 kilos en la tablilla, fue mas armónico que el anterior y no hizo ni un solo gesto para causar tal pánico en los hombres de la cuadrilla. Hay cosas que no se explican. Lorenzo había parado bien al toro con el capote y tras el esperpéntico espectáculo del segundo tercio, ligó una faena al natural. El público pidió la oreja con menos intensidad que la solicitada en el cuarto, pero está vez si asomó el pañuelo que concedía el apéndice. Acabado el festejo, conocimos que la voltereta que le había propinado el astado había tenido mas calado del que se vio en la plaza.