Texto por Adrián Blázquez | Fotografía por Susana Ortiz

Hace unos días que empezó a circular una propuesta de adecuación de los dos primeros tercios de la lidia. El contenido, que a continuación les plasmaré en estas líneas, está recogido bajo la firma del que algunos han denominado un prestigioso analista taurino. Paco Terán comparte una propuesta para modificar el reglamento en cuanto al tercio de varas y al tercio de banderillas se refiere. Hablando del primero de los tercios, concluye lo siguiente:

En vista de que la suerte de varas en la plaza de toros tiene como única función dotar al toro de fijeza y dado que gracias a la selección genética hoy día prácticamente todos los toros poseen fijeza desde su salida del toril:

  1. La suerte de varas será opcional, a juicio únicamente del espada en turno. Los picadores estarán disponibles y aparecerán en la arena y actuarán únicamente si el espada los requiere. En tal caso,
  2. La cantidad del castigo al toro también será indicada únicamente por el espada en turno.

Cuando decimos que los mayores antitaurinos están dentro del tejido taurómaco, no nos equivocamos. La declaración de intenciones por parte de ciertos sectores y, por qué no decirlo, de muchos profesionales, no hace más que pensar en una virtualización de las corridas de toros para convertirlas en una pseudotauromaquia donde las complicaciones que se dan durante cada tarde en el ruedo sean muy bajas o prácticamente nulas. La modificación del reglamento taurino en pro de unos intereses que solo responden a un acercamiento de posiciones con una sociedad que desea nuestra extinción, no es más que una muestra de debilidad en la estructura taurina, donde parece que solo los aficionados son capaces de luchar por mantener la esencia del rito.

La suerte de varas es el trance fundamental por el que debe pasar el toro para demostrar su bravura o su ausencia de ella, entre otros atributos. Negar una lucha en los petos del caballo es menospreciar al eje de la fiesta, que es el toro y no el torero en turno. O de turno.

Estamos hartos de ver como toreros que se hacen llamar profesionales menosprecian la suerte de varas, haciendo de ella un breve trámite para cumplir con el reglamento. Solo faltaría que el reglamento les permitiera hacer o deshacer a su antojo. Y es que quizás el problema de la perdida de la esencia en el primer tercio no resida en el contenido del reglamentos, si no en el desconocimiento de quienes lo ejecutan o dan las órdenes. Raro es el festejo en el que el varilarguero no abandona el ruedo entre palmas de tango y alguna que otra protesta más desmedida en relación a su mala práctica.

Cuando una suerte se ejecuta bien y pese a ello no se consiguen los resultados que de ella se esperan, podemos pensar en alguna modificación. Claro está que no hemos llegado a este punto, puesto que prácticamente la totalidad de los toros que se lidian, se pican francamente mal. Los picadores no han sabido honrar el oro que visten en memoria de una época donde sin duda eran los protagonistas. No hay nada más bonito que ver a un toro arrancarse de largo al caballo y empujar con los dos pitones metiendo riñones para medirse al jinete y su cabalgadura.

El tercio de varas es innegociable y cualquier modificación que se produzca solo puede obedecer a una directriz: la correcta ejecución por parte de los profesionales y no la supresión o no de la misma.

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