Se buscan héroes

Reflexionando sobre la situación actual del mundo de los toros, se me antoja recordar las historias leídas en numerosos periódicos y libros que he podido escudriñar, cuando he tenido la ocasión, de tiempos pretéritos. Me vienen a la cabeza las cabalgatas espontaneas que se formaban tras aquellos hombres, que la sociedad había ensalzado a la categoría de héroes haciendo uso de la libertad, vestidos de luces. También recuerdo como estos últimos se mezclaban con aquellos que les aclamaban, compartiendo las mismas calles y sentados a la misma mesa en las tabernas. El toreo estaba en la calle y era, más que nunca, del pueblo.

Hoy sigue siendo habitual decir que la tauromaquia es del pueblo, pero no es así. Los toreros han conseguidos distanciarse de la sociedad en la que viven y de la que se alimentan. Aquellas estampas de toreros a pie por las calles en dirección a la plaza, recogiendo miradas y palabras de auténtica admiración, se han sustituido por furgonetas con cristales tintados y un profundo aislamiento con sus semejantes. Hotel, carretera y plaza. Todas las escenas que puedan evocar tiempos pasados se convierten en algo excepcional, cuando suceden.

Atrás han quedado esas instantáneas lúdicas de toreros de renombre compartiendo mesa con lo mas destacado del mundo de las letras y la cultura en general. Ahora son los futbolistas quienes comparten con ellos su tiempo libre. La comparación es odiosa. Mucho tiene que cambiar esto, para que sean los deportistas quienes cojan el relevo de García Lorca y escriban una elegía a la altura del Llanto por Ignacio Sánchez Mejías. Tampoco creo que puedan sustituir a Miguel Hernández, Rafael Alberti o Rubén Darío. Supongo que ustedes pensarán los mismo.

La cultura popular esta muriendo y con ello un futuro legado. La sociedad necesita poder elegir de nuevo a sus referentes porque, como todos sabemos, sobre desconocidos y mediocres no escribe nadie. El mundo de los toros y todo lo que lo rodea ha cambiado. Atrás quedó ese misticismo que infundía el traje de luces sobre aquel que lo vestía.

En una época con sobredosis de información, se echa de menos el contacto con la gente; el de verdad y no el de un director de marketing a las teclas de un perfil social en representación de un torero. Sobretodo, se añora el compartir espacios públicos con la afición, de forma natural. En resumen, la espontaneidad que siempre ha caracterizado a los toreros, cada uno con sus peculiaridades, en mas o menos medida, pero siempre sabiendo cuál era su sitio y siendo muy conscientes de su necesitada complicidad con la afición y la sociedad en general. Todo esto ha quedado atrás y los nuevos estandartes no aparecen. Ahora se buscan héroes.

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*