Por Blázquez del Coso

Atraídos por las ideas políticas unos; por las ansias de rebeldía ya propias de la edad adolescente ante tanta prohibición pandémica otros, la plaza de Leganés se convirtió en la iniciación para los dos grupos el pasado domingo con Enrique Ponce, Emilio de Justo y Juan Ortega en el cartel. Dos días antes ya habían tenido la oportunidad de acudir aquellos políticos que tanta campaña hicieron por la tauromaquia previa a las elecciones de la Comunidad de Madrid. Eligieron sin embargo el domingo. Quién sabe si aprovechando el tirón de la prensa del corazón, que en el perímetro exterior de la plaza se agolpaba en busca de exclusivas, con la esperanza de ser objetivo de sus cámaras o micrófonos. Lo importante era ir o decir que habías ido, aunque nunca hubieras pisado una plaza en día de festejo, para que tus seguidores o votantes lo vieran. De esos barros estos lodos y de ahí la actitud en la plaza. Palmas acompañando a la multitud sin saber muy bien que hacer, incredulidad antes las protestas y foto para Twitter.

Por otro lado, asistía un joven en pantalón de chándal y peluquería de futbolista al amparo de dos amigos y con la escalera como separador. Recibió con gusto las palabras de estos, que antes de comenzar el festejo le indicaban «¡mira! Ahí hay un torero», al tiempo que señalaban a Esaú Fernández accediendo al tendido. El joven Villita pasó inadvertido entre los tutores taurinos. Algo parecido sucedió tras observar como Victorino Martín ocupaba su localidad de barrera. Esta vez no alcancé a ver mas que la línea imaginaria que trazaba la punta del dedo hasta el ganadero, pues las palabras se perdieron en susurros que invadieron la distancia social. Que expresión mas fea. «Ponte de pie» o «ahora no aplaudas» fueron entre otros los consejos que más escuché durante el desarrollo de la tarde y que el iniciado recogía gustosamente. En la parte final del festejo, se atrevió incluso con unas palmas de tango que se mezclaron con el resto de los aficionados. No sé si se produjeron para mimetizarse con su alrededor y porque, como el toro durante la lidia, fue poniendo en práctica los conocimientos que aprendió durante la tarde. Si decide volver a una plaza, tras una primera experiencia que confesó haber disfrutado, ganamos todos y él seguirá aprendiendo.  

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