Un rayo de luz en medio de la oscuridad de Carabanchel

Por Blázquez del Coso

Vistalegre no es como Las Ventas y ya se encargaron de recordarlo esas voces aisladas que ni faltan ni deben faltar en una plaza. Peculiares, si; prescindibles, no. Es no es Alcalá, es Carabanchel le gritaba un espectador desde el tendido al peruano. Como si La Guindalera no fuera al barrio de Salamanca lo que Carabanchel es a Madrid. Sin embargo, el protagonismo de los naturales del barrio pronto se olvidó. En el ruedo una escalofriante cogida a Juan José Domínguez y en los tendidos las manos a la cabeza. Muchos hubo también que giraron la cabeza, sin que sus ojos acompañaran el movimiento cervical. Uno se esperaba lo peor y por suerte pronto llegaron noticias esperanzadoras, que no buenas, desde los teléfonos que se convirtieron en protagonistas del tercio de muerte, tras parear al primero.

Las sombras solo acababan de llegar, pero entre ellas, llegó el destello más luminoso de la tarde con el saludo de Pablo Aguado al segundo de su lote. Sin contemplaciones y viendo como iba a más el huracán peruano, fijó las plantas y abrió el capote para templar las embestidas del de Garcigrande de salida. Una autentica delicia que bien vale la entrada. Tan solo una vez he visto repetido el lance por video, pero en la retina se me ha quedado lo que vi desde el tendido. Sucedió lo que solo consiguen unos pocos elegidos. Expectación, silencio y voces desgarradas que nunca imaginaron que una verónica pudiera convertirse en una obra estática tan bella en la estética del movimiento de las telas y el toro. Ahí queda eso y el que pueda que lo intente.

Superando sin olvidar el trago del primer toro, el festejo avanzó hacia su ocaso. Aguado había brillado súbitamente sin ser totalmente consciente de ello y eso le animó a querer cerrar su tarde tachando la equis de la suerte suprema tras una faena que siempre recibió palmas tras los pases limpios y que no fueron tantos. Perfilado para matar, se tiró derecho y su pierna se encontró con el pitón del animal. El último toro siempre genera desconexión en los tendidos y la cornada pasó de puntillas. Gracias al D. Enrique Crespo por impedir que la oscuridad encuentre su sitio en las plazas.

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