Una bala, un disparo

Por Alejandro Agustín Hurtado

Volvía Paco Ureña a los ruedos para enfrentarse en “una plaza de primera al toro de primera”. O, en otras palabras, regresaba Paco Ureña a una plaza donde ha dado su mejor nivel con un impresentable animal de Juan Pedro Domecq; un cuatreño colorado que fue recogiendo los silbidos pertinentes de parte de los tendidos por la evidente falta de trapío del animal. Pero al caso, que volvía Ureña.

Y volvía en un cartel donde compartiría protagonismo con Enrique Ponce ante toros de Juan Pedro Domecq. Difícil empresa. En efecto, difícil empresa. Jugar a los médicos con Enrique Ponce tiene su punto de complejidad. El estudiante de medicina no desafía al cirujano jefe (mucho menos en su propio hospital). Pero la aleatoriedad de la vida hizo que al estudiante le cayera en el examen justo el tema que mejor se había estudiado. Vamos, que la extrema falta de fuerzas tan presente en la casa de Juan Pedro no hizo acto de presencia y salieron un par de toros con cierta movilidad. El juego se convertía en un mano a mano.

¿Cómo reapareció Paco Ureña ante el público valenciano? Pues con un quite por gaoneras en el que no existió distancia alguna entre Ureña y el primer toro de la tarde. Limpio, a pies juntos e inmóvil fue el quite del torero murciano. Volvía el torero. ¿Volvería su toreo?

Sería injusto señalar que el toreo de Ureña no apareció por Valencia. También sería injusto señalar lo contrario. Pues lo que surgió en el segundo toro de la tarde fue una evolución de lo visto temporadas anteriores. No estuvo el torero tremendista, no apareció el de las posturas forzadas. Estuvo el puro, el auténtico, el de verdad. Y vino un torero más estructurado y con más poso que nunca.

La primera tanda, para el toro. Doblones por abajo sometiendo al toro con la mano derecha, indicando al astado los caminos a seguir. Fue suficiente. El escaso poder que tuvo “Malafacha” en los dos primeros tercios se lo terminó de robar Ureña en la primera serie.

Aprovechó también la inercia del astado que mostró en banderillas para iniciar una nueva serie con la diestra y terminar de fijar al toro. Y ¡al toro! El maestro lorquino empieza a bajarle la mano al astado que, tardo, pero responde con gran ligazón y clase a lo que el torero le exige. Tras concluir la serie con un pase de pecho mirando al tendido, sonríe Ureña. Sonríe Valencia. Sonreímos todos.

Repite Ureña con la mano derecha en una importante tanda donde se reducen las distancias y se lleva al toro más largo si cabe, concluyendo dicha tanda con un notable cambio de manos y un forzado pase de pecho.

Coge vuelo la faena, pero el cambio de los terrenos y un interrumpido inicio de serie con la zurda enfría el ambiente. Lo solventará rápido el Ureña más clásico. Disposición total del torero con la zurda, con las puntas de las zapatillas mirando a las puntas de los pitones. El segundo natural, de museo. Con el mayor reposo del universo, se cruza el torero lentamente hacia el pitón contrario y surge el toreo caro en tres naturales de bella factura.

El toro de Juan Pedro se va desentendiendo. Era aquí cuando el torero debería de haber ido a por la espada. En el punto álgido de la faena. Sin embargo, el torero percibe que su toreo no acaba aquí. Inicia una serie con la zurda a pies juntos que se va apagando con el amago de rajarse del animal y las protestas del mismo.

Cambia la muleta de mano y consigue los muletazos más ceñidos y templados de la faena. No es el “¡qué cerca se los pasa!” sino el “¡cómo de cerca se los pasa!”. No es el ¡uy!, es el ¡olé! Que no les engañen las fotos. Bien sé de qué fotos hablo.

Hay faenas que no se pueden pinchar (ésta). Y tras un pinchazo, estocada en lo alto del lorquino. Como premio, la oreja. Hay oportunidades que no se pueden dejar escapar (ésta). Paco tuvo una bala y disparó, ¡vaya que si disparó!

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