Una lección de tauromaquia.

Texto por Jacobo Hernández – Mora y fotografía por Botán.

Si se cumplen diez años de la apoteósica despedida de Esplá, se cumplen veinte de otra grandiosa tarde del alicantino en la Villa y Corte. Ocurrió el 10 de octubre de 1999 en la sexta corrida de la Feria de Otoño y con la plaza llena, Luis Francisco compartió cartel con otros dos toreros bragados en la dureza de los hierros más exigentes: Óscar Higares y José Pacheco «El Califa». La ganadería era la de Victorino Martín. Fue éste un exigente encierro con varios toros ovacionados en el arrastre y que exprimieron a la terna. En general la corrida estuvo muy bien presentada y varios toros fueron aplaudidos de salida.

Óscar Higares pechó en segundo y quinto lugar con dos reses de diferente juego. El buen segundo y el incierto quinto. En su primero de nombre Matinal, supo entender lo que pedía el animal y consiguió hacerle faena. Un «victorino» que fue bravo en el peto. El picador fue aplaudido. En la faena de muleta, el toro embestía, repetía y humillaba. Saludó una ovación. En ambos toros de su lote se fue el madrileño a la puerta de toriles a recibir de rodillas a sus oponentes. Este quinto se llamaba Mecenas y puso en jaque a Higares. Medía, miraba, dudaba… probón y gazapón como se dice en el argot. Óscar se lució en varios naturales cogiendo la muleta por el centro del palillo y demostrando gran firmeza ante las tarascadas del toro. La tizona no funcionó y el diestro acabó silenciado.

Por su parte, José Pacheco «El Califa» también marró con la espada la faena a su primero, que fue otro de los buenos toros del festejo. Aún así, el de Játiva no estuvo a la altura de este animal de nombre Pestañoso. En el sexto, iniciando la faena se quedó descubierto y el toro fue certero, le asestó un navajazo al iniciar el trasteo con la muleta que mandó al valenciano a la enfermería.

Esplá es un maestro. Tiene el levantino una tauromaquia rica y variada. Y a la vez clásica. Así lo demostró aquella soleada tarde ante la cátedra venteña. Una tarde en la que brotó su repertorio y de no haber sido por los aceros, podría haber cortado tres o cuatro orejas en vez de las dos que se llevó. De azul añil y oro hizo el paseo. El vestido, como era costumbre en él, iba muy cargado en oro. Y los trastos, con las vueltas azules.
Su lote, o sea el primero y cuarto fueron de distinta condición. Ante el nobletón primero banderilleó con gracia y poderío. Conoce el de Alicante todas las suertes y pareó en todos los terrenos. Con la muleta, basó su trasteo por el pitón derecho. El público estaba con él. Finalizó con unas giraldillas y se atascó con la espada.
El cuarto, de nombre Minervo hizo gala de su nombre. Minerva era la diosa romana de la sabiduría, las habilidades en la guerra y de las artes. En resumen, un compendio de lo que puede ser la tauromaquia. Así fue el cuarto de la tarde que cayó en manos del veterano diestro que aquel año cumplía veintitres años de alternativa. Esplá realizó una lidia añeja, a la antigua usanza. Con el capote se salió con el toro hacia los medios y recibió una ovación. De nuevo calentó los tendidos con tres pares de banderillas en los que rememorando a aquellas antiguas civilizaciones mediterráneas, jugó con el toro en diferentes suertes: por los adentros, de poder a poder, al cuarteo… y siempre con la montera. Detalle torero que salvo Morante y El Fundi, casi nadie realiza en el segundo tercio.

Sacando su sangre Albaserrada el toro vendió muy cara su vida. Por el pitón derechó pajareó reponiendo y buscando coger al matador. Avisó que por ese lado no quería saber nada. Siguió toreando el alicantino con la montera haciendo así más torera su imagen. Retomó su trasteo con la mano izquierda y se puso de frente. Torear dando el pecho al toro es algo que en Las Ventas enamora. Madrid rugía. Y tocó rubricar la faena. Esplá se encomendó a los dioses porque aquella obra era de lío gordo. Minerva no intercedió. La espada se llevó un premio mucho mayor. La plaza llena ovacionó al matador y éste lo agradeció desde los mismos medios. Minervo fue aplaudido en el arrastre.
Como «El Califa» cayó herido, se corrió turno. De nuevo Esplá tenía una nueva oportunidad de redondear su tarde. Portillo fue bravucón en varas, iba con la cara alta y protestaba. Desde los primeros lances se quedó muy corto en los vuelos de los trastos. En su turno de quites, una vez más puso Luis Francisco en pie a la parroquia. Quitó por navarras y lo colocó en el caballo para que fuese picado. Con las banderillas fue ovacionado Ricardo Quintana «Kaíto».
Y aquí comenzó el Maestro su lección. Una vez trasladado al compañero al hule cogió nuestro protagonista espada y muleta y se fue a por Portillo. Empezó probando y pasando al animal, enseñándole a embestir. Una vez visto, se pasó la franela a la mano izquierda y comenzó el recital. La faena mezcló torería y batalla. Siempre de frente como en el toro anterior. Este ramillete de naturales tuvo aires bienvenidistas. Esta res no siempre permitía la ligazón así que Luis intercalaba las series de naturales con el uno a uno. Cuando esto ocurría, cargaba la suerte y con la pierna alante mecía con los vuelos de la pañosa las ásperas arrancadas del animal. Toreaba relajado y a pesar de todo, se le notaba muy confiado. Y con un pase afarolado remató la serie. Las casi veinticinco mil almas que abarrotaban los tendidos jaleaban cada lance. También toreó a esta res con la montera calada. Cerró su labor con unos pases por alto y aunque la estocada no fue total, Madrid entregada, le pidió las dos orejas. Lo más bello de esta faena fue la muerte de Portillo. El toro se la tragaba y Esplá le acompañaba, permanecía a su lado. La torería de la imagen era inmensa. Tras unos instantes, Portillo dobló las manos y le dieron la vuelta al ruedo.
Acabada la faena los costaleros bajaron al ruedo dispuestos a llevarle a hombros camino de la calle de Alcalá. Esplá se negó. Con un compañero en la mesa de operaciones, no quiso salir por la puerta grande. Se fue a pie por la puerta de cuadrillas.

Aquel año, Esplá sufrió las consecuencias de ir de frente y de verdad. Tras unas negociaciones por los derechos de imagen, se quedó sólo ante otros compañeros. No toreó en San Isidro y sólo firmó doce contratos. Un corridón de Cuadri en Valverde del Camino, Ceret… En fin, para nada fue ese año un camino de rosas. Tras unas conversaciones con Pío García Escudero, le dio la posibilidad de torear en Otoño y le ofreció varios hierros. Eligió Victorino porque era en el que más confiaba. Para él, fue una tarde dura en todos los sentidos. Como El Califa había brindado al público y su montera estaba en el medio del anillo, Esplá la devolvió a su mozo de espadas mientras se decía a sí mismo que había que arrear, que un esfuerzo merecía la pena. Y gracias a ese esfuerzo aguantó una década más en los ruedos.

Los que estuvimos en esos tendidos de granito aquella fría tarde otoñal, jamás olvidaremos como Luis Francisco Esplá batalló con el cárdeno Victorino hasta domeñarlo. La última gran faena del siglo XX en Madrid. Una lección digna de estudio por parte de maletillas y chavales que sueñan con la gloria. Lo cuajó de cabo a rabo y dejó para el recuerdo una faena memorable. 

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