Urdiales y Aguado, pureza y torería en el recuerdo

Por Noelia Crespo (@noeee_cp) | Fotografía Adrián Casado

Ante el triunfo en la tarde de ayer en Logroño de dos toreros de los pies a la cabeza, recuerdo en mi memoria su tarde en mi plaza, mi Salamanca. Dicen que una confesión es algo tan íntimo y sincero que debe hacerse preferiblemente en privado. Sin embargo, yo en estas líneas ante todos los que las queráis leer, puedo confesaros que no puedo negar que todavía sueño y pienso en los lances acompasados de Pablo Aguado a la verónica en Salamanca. Tampoco puedo negar que en mi mente todavía se fotografían los pasajes cadenciosos y templados que imprimió Diego Urdiales con su pañosa en La Glorieta. No me los puedo quitar de la cabeza, es imposible hacerlo, y sinceramente, tampoco quiero.

Ambos llegaron a la capital charra en un día señalado por el aficionado al toreo del arte fundamental, ese al que le gusta contemplar bellas obras pictóricas hechas realidad sobre la arena de una plaza de toros. Puntuales ante su debut en la coqueta plaza salmantina, vestidos de manera elegante, de gala, para esa cita de tanta expectación. Allí, al fin, estaban ambos, en una tierra tan taurina, esa que vio como su nombre era llevado con el máximo orgullo del toreo por una leyenda de todos los toreros, Santiago Martín El Viti. Ninguno de los dos pudo resistirse a brindarle un toro como gesto de admiración, y así también pedirle el permiso necesario al maestro para entrar de pie y con agrado en su casa. Entre toreros andaba el asunto, entre toreros singulares y únicos, esos llamados toreros de arte.

Salamanca, una tierra que vive tan pobre últimamente de ver el toreo fundamental, el de la verdad y la pureza, el de la torería y el clasicismo, tuvo que esperar hasta el 13 de septiembre para cubrir y rellenar ese vacío interno acumulado. La faena al primero de Diego debería, si no llega a ser por la espada, haberse encumbrado a los cielos de la bella ciudad salmantina, bajo esas mismas nubes que encapotaban la tarde en la que pisó el de Arnedo la arena charra. Esas mismas verónicas con las que Pablo paró los relojes de todos los presentes, enmudeció La Glorieta por un mero instante hasta que un olé rotundo y con eco retumbó en el coso de Salamanca. ¡Cuánta falta hacía ver pasajes de ese calibre torero en esa plaza!

Con la miel en los labios nos dejó Aguado en sus dos faenas, intentando sacar algo potable y artístico de donde era imposible encontrarlo. Esos lances capoteros encajando la mandíbula, sujetando con sutileza el capote, esos son los que valen como muchas veces se dice “por un cartel de toros”. Y si el sevillano nos dejó con las ganas, Urdiales vino desde La Rioja para quitarnos el suspiro. De sus muñecas brotaron muletazos de un trazo exquisito, con ambas manos, llenos de sutileza y templanza. Las yemas de los dedos acariciaban el estaquillador, suave, despacio, meciendo la franela con caricias toreras al vuelo para rematar por debajo de la pala del pitón con rotundidad. El oficio que proporciona la experiencia, esos veinte años como torero vinieron como gloria artística para debutar en Salamanca.

Ambos vinieron para sentar cátedra en La Glorieta, pero no pudieron redondear sus tardes, sin poder satisfacer como ambos hubieran querido al aficionado, y aún así, muchos salimos conformes por todo lo acontecido. El dios Eolo y algún astado no quisieron que de la plaza saliéramos todos toreando, pero sinceramente, a muchos ya nos daba igual. Se había visto torear con ese clasicismo y esa pureza tan reclamadas por una ciudad que acusa cada año sus excesivas ganas de triunfo ante faenas de medio o nulo calibre. Y ese día los detalles y destellos puros y verdaderos valieron sólo la entrada.

Y esta es mi pequeña confesión sobre dos toreros capaces de volver locos a cualquiera. Ese día muchos sentimos emociones que solo se viven estando presentes desde cualquier lugar en la plaza. El vello de punta, las ganas inmensas de aplaudir y alabar lo que estaba sucediendo, siempre en pie y al unísono, porque el arte se vive con sentimiento y verdad. Quizás os parezca excesivo, y no discuto para quien lo piense así, pero yo necesitaba vivir algo así en mi Salamanca, la plaza lo merecía, todos lo merecíamos. 

Diego y Pablo, Urdiales y Aguado, o lo que es lo mismo, pureza, torería y clasicismo, ¡que ganas de veros el año que viene de nuevo! 

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