Valdemorillo | Fonseca, Burdiel y Rodríguez: tres nombres para girar esta temporada

Por Blázquez del Coso

Con catorce minutos sobre las cinco de la tarde saltaba al ruedo el primer novillo con el hierro de Sánchez Arjona. La vuelta a las plazas era una realidad, condimentado con lo de siempre y con lo de ahora, que parece haber llegado para quedarse. Lo del himno ya es de traca. Y no es que sea contrario a ello, pero aquí estamos a otra cosa y bastante largo se están haciendo los festejos. Los tendidos, como nunca; la gente, como siempre. ¡Cuídale! Se escuchaba desde una localidad cercana cuando Adobado llegó a la jurisdicción del caballo de picar. Y para qué, pensábamos alguno, si ya ha salido picado de toriles echando las manos por delante. Al final, el novillo podría haber estado en las manos de Diosleguarde hasta el día siguiente, sin decir nada y echando del tendido al mas triunfalista de los asistentes. Porque éste ya se las sabe todas en esto de engañar al personal con destoreo viciado y resultón. ¿Dónde quedó aquel novillero con plasticidad en las muñecas? Que lo busquen y lo traigan.

Otros cinco novilleros completaban el cartel que suponía el pistoletazo de salida en el escalafón. Entre los rezagados de la primera manga se une al primero Yon Lamothe, que se mostró del color de las vueltas del capote de Morante, y Manuel Perera, al que le tocó el animal mas cuajado y dejó corta la actuación del abreplaza.

El que llegó como se fue en la temporada anterior fue el mejicano Isaac Fonseca, que tiene hambre y lo demuestra cada tarde. Hizo lo que quiso con Talonero hasta que emprendió la huida a tablas, que ni con esas le dejó de perseguir. A la puerta de toriles se fue a recibirlo de salida y ya no le dejó en paz. Por delante y por detrás se lo pasó, impávido sobre la dura arena de la plaza de Valdemorillo. De ser por el novillo, se habría acabado antes aquello, pero hasta del rabo le hubiera cogido Fonseca para sujetarle. Los recién llegados a esto Álvaro Burdiel y Sergio Rodríguez también quisieron sumarse a la fiesta. El primero expresó su clasicismo y buen gusto para dejar los mejores lances de la tarde y subir un peldaño que deberá asentar en próximas actuaciones con la espada; común a todos los anunciados, por cierto. El recién llegado abulense sufrió dos sustos que quedaron en nada o así lo quiso hacer ver. El primero llegó con el pitón por encima de la cadera que le levantó del suelo; el segundo, tras un desplante donde perdió la cara a Tatuado, que hizo presa y milagrosamente recorrió tan solo la costura de la taleguilla sin pinchar en blando. Lo mejor de actuación llegó con la mano izquierda y con su actitud, que pudo truncarse a la hora de usar los aceros. Ávila tiene torero y yo me alegro.